Imagen de Engin Akyurt en Pixabay
Tras una junta de cerca de 12 horas a la que acudió cuando era niño porque no había quien lo cuidara, juró que jamás ingresaría a la política. Aunque esperando no sea signo definitorio del abrazo a la carrera cuyo interés negó, Manuel hijo declaró su deseo de imprimir huella en el campo de la cosa pública. Por lo pronto ya demostró que sabe decir que sí diciendo que no.
De lo anterior surgieron cinco preguntas esenciales que rescato para que las lea en esta su edad adulta:
I ¿La conoces?
Su ausencia hace inexistente todo lo demás. ¿Necesaria? Más que eso: simplemente indispensable, porque te obliga y compromete ante ti mismo.
Desconocerla o guardarla es abrir la puerta a la indignidad, al desinterés en la administración de tu propia vida. Si eso sucede en tu interior, imagina lo que pasa con la responsabilidad social conferida.
Menospreciar la vergüenza es no aspirar a ser digno de respeto. El juicio de la historia a la desvergüenza es terrible, porque condena no sólo los actos del desvergonzado, sino también sentencia a sus cercanos.
II ¿Lo tienes?
Sobre el miedo, la desidia, el cansancio y quizá hasta de la propia voluntad, debes ejercerlo hasta que tengas la certeza de cederlo a quien en verdad lo gane. Esto es un acto de elemental responsabilidad y propio de hombres de vergüenza.
Aprende del león fiero, al que sólo pueden arrebatarle el mando la muerte o su semejante que en la lucha lo obliga a reconocer la superioridad de otro; observa al garañón que conserva la cabeza de la manada en terreno pedregoso o pendiente pronunciada.
Ejercer y conservar el papel de líder para guiar a los demás hacia la seguridad y comida, es obligación irrenunciable ante los tuyos.
III ¿La rescatas?
Es mucho más que no robar. Implica saber digno al semejante, ser congruente y conducirse conforme a las propias convicciones, ideales y valores.
Quien la posee no se queda con el dinero que ni le pertenece ni ha ganado, pero tampoco traiciona su pensamiento y la confianza de los demás.
Es la primera obligación con uno mismo, aunque a veces provoque hasta dolor en el alma. También es el deber número uno en la conducción y el conducirse social, aunque no siempre deje riqueza.
“Honestidad”, ¡cuántas campañas se han hecho en tu nombre!
IV ¿La respetas?
Avasallarla, es tan estúpido como pretender la destrucción de la memoria de todos.
Olvidar o acallar la conciencia para tratar a los demás como inferiores, es evidencia de la más crasa falta contra la razón que nos confirma iguales en esencia, nacidos con los mismos derechos y necesidades.
Ser verdaderamente superior no es cuestión de jerarquía organizacional o de decirse “líder”, sino de trabajo y aportaciones a los demás. Tu investidura será obligadamente respetada por el tiempo que la tengas, pero tu conducta humilde y justa te hará digno de voluntaria admiración toda la vida.
Humillar a los otros es fácil, hacer que lo olviden, no. Quien concede a los demás el privilegio ficticio de acompañarlos en una posición no necesariamente ganada por el propio valor, o da limosna arrasando la dignidad de quien recibe, genera hacia su persona el peligroso rencor de los otros disfrazado de sonrisas y apretones de mano.
V ¿Lo quieres?
Salvo quien asuma que su papel en una colectividad es encabezar los desfiles de primavera, teniendo como mayor tarea sonreír y agitar los brazos a manera de saludo, participar en una organización como jefe o último subalterno demanda esforzarse hoy y mañana.
No se trata de hacer necesariamente esfuerzos en la misma proporción de los subordinados, aunque si se tiene vergüenza, liderazgo, honestidad y respeto a la dignidad propia y de los demás, muy probablemente se aporten al grupo las acciones más intensas.
Aunque quizá el trabajo no todo lo vence, sí todo lo necesita. La vida privada lo requiere y la pública lo exige.